sábado, 1 de febrero de 2014

II.- La Filosofía en la Calle: Mística de la Luz… o de las Tinieblas XXXII.- Curso de Antropología Filosófica Por Alberto Espinosa


II.- La Filosofía en la Calle: Mística de la Luz… o de  las Tinieblas
Por Alberto Espinosa

32.1.- Principio de la libertad es, pues, tener conciencia del pecado, de la falta, de la culpa, dominando la parte del alma humana (alma inferior) que se dirige hacia la muerte, en complicidad o engañada por la luz negra o por las formas irracionales que la esclavizan, que la vencen o que la sumen en un estado de letargo, y que son: el engaño de las falsas doctrinas, el error o la ignorancia.[1]
32.2.- Es por ello que la conciencia del pecado y la conciencia de sí resultan una acción liberadora –guiadas por espíritu de la luz y de la vida, que es el amor; es decir,  o por la búsqueda del espíritu inmortal o de Dios; o de las formas inmateriales por medio de la inteligencia (nous) –reveladoras ambas el camino del centro del alma humana. Sin embargo, al principio de conocimiento, de conciencia, se opone un principio de ignorancia (ya de cuño positivista, ya  ligado al ateísmo lo mismo que la indiferencia en materia de religión), que o se aleja de las cosas divinas (asebia) o emprende una guerra soterrada contra todo lo espiritual en el hombre. 
32.3.- Tener intelecto, conocerse a sí mismo, equivale por tanto a tener mente y a volver a la vida –siendo así los hombres buenos, puros, honestos, compresivos y piadosos; comportándose como tiernos hermanos y descubriendo al Padre (la Verdad Absoluta), rindiéndole alabanzas, venerándolo y apaciguándolo con hermosos himnos en acción de gracias. Refrenando con ello la naturaleza irracional del hombre: la agresividad y las fantasías de los deseos, las obras de la carne y las violencias del cuerpo. Porque las almas impías no puede ser sino insensatas, malas, perversas, arrogantes, impías, envidiosas y asesinas. En efecto, la naturaleza irracional del hombre conjuga la agresividad del deseo con la industriosa para el mal, pariendo así el fraude, la ostentación del mundo o ambición, la presuntuosa temeridad o la osadía profana, las ansias perversas de riquezas y la tramposa mentira.
32.4.- El camino del error no es así otro que sendero de la muerte y el de la convivencia con la ignorancia o el sueño irracional, que hechiza a los hombres que van por la vida sin reflexionar, o cuyo espíritu está vagando o que va dormido, quedando así lejos del poder de la inmortalidad y del soplo de la verdad. Grande poder es el del pecado, que encadena, pues como dice el Apóstol Pablo, nos fuerza a hacer lo que no queremos, menguando en cambio la fuerza de hacer lo que queremos, que es justamente la tentación, con lo que ella tiene de fascinación y de parálisis (el nudo), de cuyo poder sólo puede ayudar a liberarnos, a desatarnos, la fuerza divina.[2] El pecado puede así definirse como la preferencia por las tinieblas y el desprecio de la luz.[3]
   El error consiste así en que cada uno es tentado, atraído, cebado, arrastrado seducido por su propia concupiscencia que una vez concebida pare el pecado que una vez consumado o cumplido engendra la muerte. Mientras que por lo contrario, la libertad engendrada por la ley perfecta, dada por la ley regia (ley de la libertad), de perseverar en ella, abole la esclavitud del pecado: haciendo buenas obras, guardándose sin mancha del mundo, visitando a las viudas y a los huérfanos en sus tribulaciones y no engañando al corazón (la religión pura).   Así, la tentación del pecado es vista también como una prueba, pues el pecado procede del interior del hombre, coronando su estado con la muerte el que se deja arrastrar por el mal; siendo en cambio feliz el hombre que soporta la prueba. La imagen, así, de la libertad ascendente, es la de una ascensión difícil y peligrosa por los peligros que enfrenta el alma en su pelea con los deseos del cuerpo y las fantasías de la mente, fuentes de posibles males y peligros. La ley regia es así la Palabra de la Verdad, el conjunto de mandamientos y de revelaciones por medio de las cuales, con atención firme, podemos liberarnos de pecado. Alcanzar la ley perfecta de la libertad aplicándola, cumpliéndola, practícandola, pues, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia y de la ceguera de los hombres olvidados de la purificación por sus antiguos pecados, liberándonos así del pecado para ser felices –pues en la Palabra nos vemos como en un espejo, sin olvidarnos de cómo somos, poniendo freno a la propia lengua y sin engañar al propio corazón (Mt. 5.17; Jn. 13.17).[4] Pero la ley es rigurosa, pues quien falta a un precepto se hace reo de todos o inmisericorde; mientras que la verdadera sabiduría, que viene de lo alto, se caracteriza por ser mansa, indulgente, pura, pacífica, dócil, llena de misericordia y de buenos frutos, imparcial, sin hipocresía y sobreabundante en paz.[5]
32.5.- No queda así sino volver al examen de la doble naturaleza del hombre y de su razón, por la que tradicionalmente se le ha definido. Porque en el hombre se da una doble naturaleza: mortal y espiritual o divina. Mezcla de un cuerpo material y mortal y de un espíritu etéreo que tiende hacia Dios, pues el hombre está unido Él por vínculos de parentesco.
   De acuerdo con el hermetismo clásico, la materia (hylé) al ser capaz de engendrarlo todo, es capaz también de engendrar el mal. El hombre del pecado, al estar atado a la parte inferior del alma, se infectaría así de las partes males de la materia o de sus impulsos y tendencias concupiscentes y pecaminosas, hinchándose de venenos e hiriendo al alma con pecados imborrables que al alargarse por mucho tiempo adquieren más fuerza cada vez –alejándose así de la razón, de la ciencia y del intelecto (nous o pneuma), ya sea por ignorancia, ya sea por impericia, ligando así a los hombres a la vulgaridad, a la gran mayoría de hombres donde reina la malicia. Siendo el remedio al pecado la ciencia y el conocimiento del bien (ética): contemplar el plan divino, de acuerdo al cual ha creado el mundo y al inteligencia, menospreciado los vicios de todo lo que es materia, y poner remedio a ellos por vía de la humildad de su reconocimiento, del arrepentimiento y su muchas veces dolorosa expiación; también mediante el adorar piadosamente a Dios en la santidad de su espíritu –para que así los dioses velen en lo alto con piadoso amor sobre los asuntos humanos, teniéndolos bajo su custodia.
   La explicación tradicional de todo ello es que el hombre fue creado de la parte no pura de la naturaleza, estando los vicios de la materia firmemente arraigados en los cuerpos de los hombres –por lo que también se dice que el hombre está hecho de mala madera-, a lo que habría que agregar los vicios propios del alimento y las bebidas. Así, los bajos deseos de la concupiscencia y demás vicios del alma, encontrarían su depósito o reservorio en el corazón humano, que es de donde nace la avaricia, la mezquindad, la envidia, los celos, la hipocresía y la malicia. Así, el corazón humano es representado como una higuera que no produce higos, como una vid que no produce uvas, como un olivo que no da aceitunas; que da una agua amarga o que es salada, producto de la sabiduría natural, tenebrosa y demoniaca, o de la envidia, que miente contra la verdad, o de la jactanciosa ambición, que engendra las fanfarronerías y las balandronadas y donde hay descontento y toda clase de maldad. Corazones negros, pues, que no pueden sino engendrar guerras, contiendas discordias, deseos de placeres luchando contra si en los miembros; codicias por no poseer; envidas por no poder; adulterios por su amistad con el mundo; soberbia por su enemistad con Dios.   
   Reconociendo que el hombre es radicalmente pecador (Rm. 1. 16-18; Ga. 3.22), hay que asentar también que los grandes engaños o errores del alma en la vida serían los vicios, los placeres perjudiciales, la envidia, el resentimiento que invierte los valores, prohijados por no reconocer la parte divina que hay en el hombre en su nuda esistenciariedad, o al tomar su esencia como pura historicidad, como pura temporalidad vaciada de esencia; es decir; postulando al hombre como un ser para la muerte.
32.6.- La parte positiva del conocimiento de la verdad radica, por su parte, en el elemento espiritual, sobrenatural y divino, cuya ciencia consiste en el desarrollo del logos (palabra, razón) y de la inteligencia (del nous o soplo), gracias a los cuales el hombre pude rechazar lejos de sí los vicios inherentes al cuerpo –guiado por la buena voluntad y el impulso ascendente de tender hacia las regiones celes del alma. En tal ciencia se registra, necesariamente, un proceso de purificación, cuyo fin es el logro del alma piadosa que sólo se logra rechazando las tinieblas del cuerpo y purificando la luz del espíritu para elegir la vida mejor que la muerte. Porque el hombre, luego de experimentar el pecado, tiene el poder de arrojar de su alma las tinieblas del error y adquirir la luz de la verdad –donde radica la firme esperanza de la inmortalidad.    
32.7.- Más allá del problema de si el origen del mal se debe a las impurezas inherentes de la materia o a la intervención de un demiurgo malvado, toca ahora hablar del problema que plantea el libre albedrío en su relación a la Gracia divina. Puede decirse que, superando la antigua querella, el libre albedrio se corresponde enteramente con la Gracia divina. La Gracia consiste, efectivamente, en que Dios escoge a los suyos, es decir, que elige a los hombres que desean la salvación –pues es la Gracia la virtud divina potente para dar la vida, la salvación, la eternidad a los hombres –o de retirarla, dando con ello la muerte, la condenación eterna y la perdición. Sin embargo, no quiere decir ello que el libre albedrio se oponga a la Gracia; sino, como repito, que se corresponde a ella, pues Dios no está solo para escoger entre los hombres, sino que el hombre también escoge libremente entre la vida eterna y la muerte, escogiendo así la suerte que desea para su alma. Lo sorprendente en todo caso así no es que Dios pueda decidir sobre la eternidad de unos y la perdición de otros sino que haya hombres que libremente disponen de sí para elegir la muerte.



[1] La doctrina moderna del amor libre o e la “biofilia”, es sólo libre de responsabilidad, por lo que es menos libre de todos  y el más engañoso, pues es sostenida por hombres que prometiendo libertad son esclavos de pecado, dejando arrastra a las almas débiles por la concupiscencia o por la tentación no de los cuerpos, dando como resultado las triste figuras conjugadas del engañador y del libertino, del adúltero o del fornicario, cuyos corazones están ejercitados en la codicia (2a Epístola de Pedro. 2.19 y sig.). Hijos de maldición, pues, cuya felicidad es la oscuridad de las tinieblas, siendo por tanto herejes, infames, disolutos, impíos, entretenidos en obras inicuas. Ver Números 22.5. Engañadores que introducen encubiertamente herejías de perdición y por tanto herejes, pues, en una palabra, que llevando los ojos llenos de adulterio, contumaces de inmundicia,  prometen una falsa libertad para liberarse de la ley moral y de sus exigencias, siendo por tanto esclavos de corrupción, pues quedan esclavos de aquello que los vence, atrapados por la impureza del mundo.
[2] Se trataría así del conocimiento del verdadero valor del alma y de los misterios de Dios –Padre y poder supremo que en su plenitud se deja conocer y es conocido por los suyos, que es Padre de la totalidad, cuya voluntad se cumple en sus propias potencias, que fundó a todas las criaturas por su nombre, cuya imagen se nos ofrece en la entera naturaleza (aunque esa misma naturaleza no puede reproducir su forma), poderosísimo más que todas las potencias, superior a cualquier superexcelencia y mejor que todas las alabanzas; santo, santo, santo e indefinible, incomprensible, nombrado sólo por el silencio reverente. Dios ha sido así comparado por el hermetismo como el sol en el cielo, dispensador de todos los bienes.  
[3] En efecto, está prescrito que quienes perseveren en el pecado no heredarán el reino de Dios. Porque el pecado pude verse como rebelión y desobediencia de Dios, es decir, como una ofensa a Dios (Salmo 51.6)o como vanidad: como amor de sí y desprecio de Dios. Por lo quienes insisten en las obras de la carne no heredarán el reino de Dios: es decir, la fornicación, la impureza, el libertinaje, la idolatría, la hechicería, los odios, las discordias, los celos, las iras, las rencillas, las divisiones, las disensiones y envidias, las embriagueces y las orgías (Ga. 5.19; Rm. 1.28; ICo. 6,9; Ef. 5.3; Col. 3.5: ITm. 1.9; 2Tm. 3.2). El pecado puede definirse así como la palabra, acto o deseo contrarios a la ley de Dios. .
[4] Respecto a la lengua se ha dicho que es como el gobernalle de un barco, difícil de controlar, pues todos caemos muchas veces al hablar por no refrenar la lengua que gobierna al cuerpo; porque la lengua es como el fuego donde se aloja un mundo de iniquidad y contamina todo el cuerpo al ser encendida por el Gehena, pudiendo prender fuego a la rueda de la vida (al mundo creado). Nadie ha podido domar la lengua, se dice también, pues es un mal turbulento lleno de veneno mortífero. También que de lo que mana el corazón habla la lengua.
[5] Las virtudes de la fe serían así la creencia, la templanza, el temor de Dios, el amor fraterno y la caridad. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario