jueves, 29 de agosto de 2013

La Ideología Rebelde del Cientificismo Por Alberto Espinosa


La moral cientificista se ha constituido como una poderosa ideología posmoderna que fundada en una cuestionable doctrina de las pulsiones del inconsciente promueve la falsificación de la seducción, el reduccionismo sexualista, la idea del innatismo de la agresividad humana y de la predación competitiva –consagrando así en el marco de la educación, bajo el aspecto pseudoteórico y pseudocientífico, lo que es más bien una especie de neurósis social e históricamente condicionada de profunda enajenación social. Su producto más notable es una razón agresiva y dominadora producto a su vez de una civilización existencial y en el fondo pagana, cuyo pensamiento único resulta en modo alguno ajeno tanto al publicismo y a la tecnocracia contemporánea como a esa confusa religión laica de la trivialización de las relaciones sexuales –dando cuenta de una alteración radical del hombre moderno, en ración directa del creciente inmanentismo del mundo contemporáneo.
16.3.- El doctor Mario Bunge ha hecho ver con claridad meridiana los equívocos pseudocientíficos de tales posturas, las que han encontrado en la “psicología evolutiva” a su más eficaz estandarte. Su mitología, muy popular hoy en día, cuenta que la mente humana dejó de evolucionar hace 50 mil años. El hombre así, vendría así algo así como un fósil andante, con una mente forjada en la lucha contra los elementos, en la lucha contra los leopardos en las sabanas de áfrica oriental, cuna del género humano. Intento de explicación del hombre por sus tendencias agresivas, primitas, agresivas –fuera de las cuales lo único que importaría al hombre es el sexo, pues lo único que en realidad le importaría es difundir sexualmente sus genes (Death, Pinker, Dokins). Posición primitiva ella misma, que ignora la revolución espiritual de las primeras 7 u 8 civilizaciones del mundo, hace 7 o 5 mil años, resumiéndose tal idea de la lucha por la vida en una especie de pansexualismo. Así terminan por concluir que el fenómeno de la dominación nada tiene que ver con lo político, sino que se deriva de razones puramente biológicas y de motivaciones puramente sexuales: robarle sus mujeres a otros. Así, también afirman que todas las actividades culturales del hombre no son en realidad sino estrategias de acoplamiento (Buss). Por otra parte la psicología evolutiva sostiene que la mente está compuesta por módulos mentales estancos, independientes entre sí (Foder) –cosa del todo falsa, pues es sabido que si se aprende la habilidad intelectual ayuda y mejora el trabajo manual y viceversa, y que ésta a su vez facilita el trabajo de otras manualidades;, pues aunque es verdad que hay distintas relaciones en el cerebro esas distintas relaciones están íntimamente conectadas las unas con las otras, habiendo una por tanto íntima relación entre lo racional y lo emotivo o afectivo.
Psicología primitiva, pues se trata de todo un caudal de hipótesis tan incomprobables como implausibles, por tanto no científicas. Puede añadirse también que se fundan en una falsa generalización, que tomando un carácter de la edad contemporánea, la regresión del hombre hacia el egoísmo y la animalidad, la caída en la participación de formas que los solidarizan con los niveles más bajos de la creación (místicas inferiores), pasa de manera no científica a construir poderosas ideologías de dominación.
Por otra parte la filosofía del egoísmo racional neoclásica, empíricamente falsa, postula, enteramente a-priori, que el sujeto económico actúa maximizando las utilidades, siendo tal el comportamiento económico racional –independientemente de los intereses de los demás, es decir, de manera que hay una especie de vacío social que les permite hacer lo que se les da la gana, sin consecuencia de sus actos. La fórmula reaccionaria de la utilidad, diseñada por Antonio Caso, sería entonces el máximo de provecho por el mínimo de esfuerzo, -contrapuesta a la ley de la caridad, que postula un máximo de esfuerzo por un mínimo de provecho. Doctrina acorde con la maximización de los genes, tanto como con la idea de la insignificancia evolutiva de las revoluciones sociales para el avance de la justicias o equidad social, reivindicando así para esas nuevas ciencias de la naturaleza humana (que van de la psicología evolutiva a la economía clásica de los emprendedores que maximizan a toda costa su margen de utilidades, pasando por la teoría genética y el innatismo) la visión trágica y pesimista del individualismo y el pesimismo de los filósofos y de políticos conservadores. En realidad los teóricos de la economía racional se equivocan groseramente, pues mediante pruebas experimentales se ha comprobado que solo un tercio de los hombres tiende a comportarse de forma egoísta, mientras que dos tercios de la población es gente más bien decente, no participando de los sistemas injustos del egoísta o del avaro, prefiriendo el comportamientos de la equidad.
Así, lo que ha detrás de las psudociencias como la psicología evolucionista genética es el fabuloso intento de reducir lo social a lo biológico o a lo genético (a su vez intervenidos tecnológicamente mediante los procedimientos del control social) –ignorando con ello la historia y el proceso natural, esencial, de la función social, que nos forma, es cierto, pero que a la vez vamos el hombre formando con su esfuerzo y el logro de las reivindicaciones básicas, fundamentales, de la justicia o la lucha por la libertad.
En el fondo se trata de una serie de mitos que quisieran explicarlo todo por la genética o por nuestros genes –así, los hechos históricos tendrían, en última instancia, cusas biológicas, desde el gusto hasta la revolución francesa y el capitalismo salvaje de la predación competitiva, todo lo cual estaría determinado por nuestros genes. Olvido e ignorancia de la historia, en un determinismo cuyo fin en hacer creer que el orden social no es de otra clase que el orden natural (de lo contrario ya habría cambiado por razón de la evolución natural genética). Postura evidentemente reaccionaria que consagra el stau quo que postula la parálisis social por mor del equilibrio de la oferta y la demanda –es decir, que postula la ineluctabilidad de lo que ha llegado a ser y la ontificación (cosificación) del hombre. Posturas no muy diferentes a las del hegelianismo o a las de materialismo, que intentan ya explicar la totalidad por el devenir del concepto, que es Dios (idealismo trascendental absoluto) o por la materia, ya sea esta entendida como ingredientes físicos o económicos (las condiciones materiales de la existencia). Determinismos y reduccionismos que inconfesadamente apelan a la circularidad del sentido –a ese punto de inflexión irrebasable donde el sistema empieza a girar sobre si mismo y a partir e las cuales hacen su agosto las certidumbres dogmáticas.




Curso de Antropología Filosófica XVI Del Mito de la Rebeldía Por Alberto Espinosa






16.1.-  La rebeldía se ha convertido hoy en día en moneda corriente y forma parte de nuestra circunstancia al estar como plegada dentro del pensamiento más o menos oficial derivado de las revoluciones, constituyéndose como verdaderas filosofías de la dominación y de la guerra. Civilizaciones enteras han caído hechizadas bajo el embrujo de sus ideologías, defendidas a capa y espada por grupos de presión interesados en validar y promover un mondo donde se codifican formas socialmente aceptas de agresión al prójimo, de dominación, intimidación adoctrinamiento, del omnipresente chantaje, de la falsificación de la seducción y la manipulación de los imperativos, u otras formas de poder, de ejercicio de la fuerza, como es la provocación.  Modalidades del pensamiento, pues, empeñadas en demostrar que la agresión está en el fundamento de la naturaleza humana, o en todo caso que invierten la jerarquía axiológica proponiendo que es más digno ser fuerte que ser deseable.  
   Sin embargo, puede argüirse que  es la simpatía más originariamente humana que la agresión, que es la simpatía la postura fundadora de lo humano –a-priori moral que más bien confirmaría que si el hombre está dividido de raíz por las posibilidades del bien el mal, es la posibilidad del bien lo que propiamente nos conforma como seres humanos.  En efecto, contra la dominación y el sometimiento, contra la desvalorización, el desprecio y el sometimiento de, puede aún hoy en día afirmarse que lo humano propiamente consiste en lo contrario: en el reconocimiento, la aceptación y la confirmación del valor en sí de la persona –que es a su vez el fundamento social y radical de lo humano.
16.2.- La moral cientificista se ha constituido empero como una poderosa ideología posmoderna  que fundada en una cuestionable doctrina de las pulsiones del inconsciente promueve la falsificación de la seducción, el reduccionismo sexualista, la idea del innatismo de la agresividad humana y de la predación competitiva –consagrando así en el marco de la educación, bajo el aspecto pseudoteórico y pseudocientífico, lo que es más bien una especie de neurósis social e históricamente condicionada de profunda enajenación social. Su producto más notable es una razón agresiva y dominadora producto a su vez de una civilización existencial y en el fondo pagana, cuyo pensamiento único resulta en modo alguno ajeno tanto al publicismo y a la tecnocracia contemporánea como a esa confusa religión laica de la trivialización de las relaciones sexuales –dando cuenta de una alteración radical del hombre moderno, en ración directa del creciente inmanentismo del mundo contemporáneo.
16.3.- El doctor Mario Bunge ha hecho ver con claridad meridiana los equívocos pseudocientíficos de tales posturas, las que han encontrado en la “psicología evolutiva” a su más eficaz estandarte. Su mitología, muy popular hoy en día, cuenta que la mente humana dejó de evolucionar hace 50 mil años. El hombre así, vendría así algo así como un fósil andante, con una mente forjada en la lucha contra los elementos, en la lucha contra los leopardos en las sabanas de áfrica oriental, cuna del género humano. Intento de explicación del hombre por sus tendencias agresivas, primitas, agresivas –fuera de las cuales lo único que importaría al hombre es el sexo, pues lo único que en realidad le importaría es difundir sexualmente sus genes (Death, Pinker, Dokins). Posición primitiva ella misma, que ignora la revolución espiritual de las primeras 7 u 8 civilizaciones del mundo, hace 7 o 5 mil años, resumiéndose tal idea de la lucha por la vida en una especie de pansexualismo. Así terminan por concluir que el fenómeno de la dominación nada tiene que ver con lo político, sino que se deriva de razones puramente biológicas y de motivaciones puramente sexuales: robarle sus mujeres a otros. Así, también afirman que todas las actividades culturales del hombre no son en realidad sino estrategias de acoplamiento (Buss). Por otra parte la psicología evolutiva sostiene que la mente está compuesta por módulos mentales estancos, independientes entre sí (Foder) –cosa del todo falsa, pues es sabido que  si se aprende la habilidad intelectual ayuda y mejora el trabajo manual y viceversa, y que ésta a su vez facilita el trabajo de otras manualidades;, pues aunque es verdad que hay distintas relaciones en el cerebro esas distintas relaciones están íntimamente conectadas las unas con las otras, habiendo una por tanto íntima relación entre lo racional y lo emotivo o afectivo.
   Psicología primitiva, pues se trata de todo un caudal de hipótesis tan incomprobables como implausibles, por tanto no científicas. Puede añadirse también  que se fundan en una falsa generalización, que tomando un carácter de la edad contemporánea, la regresión del hombre hacia el egoísmo y la animalidad, la caída en la participación de formas que los solidarizan con los niveles más bajos de la creación (místicas inferiores), pasa de manera no científica a construir poderosas ideologías de dominación.
   Por otra parte la filosofía del egoísmo racional neoclásica, empíricamente falsa, postula, enteramente a-priori, que el sujeto económico actúa maximizando las utilidades, siendo tal el comportamiento económico racional –independientemente de los intereses de los demás, es decir, de manera que hay una especie de vacío social que les permite hacer lo que se les da la gana, sin consecuencia de sus actos. La fórmula reaccionaria de la utilidad, diseñada por Antonio Caso, sería entonces el máximo de provecho por el mínimo de esfuerzo,  -contrapuesta a la ley de la caridad, que postula un máximo de esfuerzo por un mínimo de provecho. Doctrina acorde con la maximización de los genes, tanto como con la idea de la insignificancia evolutiva de las revoluciones sociales para el avance de la justicias o equidad social, reivindicando así para esas nuevas ciencias de la naturaleza humana (que van de la psicología evolutiva a la economía clásica de los emprendedores que maximizan a toda costa su margen de utilidades, pasando por la teoría genética y el innatismo) la visión trágica y pesimista del individualismo y el pesimismo de los filósofos y de políticos conservadores. En realidad los teóricos de la economía racional se equivocan groseramente, pues mediante pruebas experimentales se ha comprobado que solo un tercio de los hombres tiende a comportarse de forma egoísta, mientras que dos tercios de la población es gente más bien decente, no participando de los sistemas injustos del egoísta o del avaro, prefiriendo el comportamientos de la equidad.
   Así, lo que ha detrás de las psudociencias como la psicología evolucionista genética es el fabuloso intento de reducir lo social a lo biológico o a lo genético (a su vez intervenidos tecnológicamente mediante los procedimientos del control social) –ignorando con ello la historia y el proceso natural, esencial, de la función social, que nos forma, es cierto, pero que a la vez vamos el hombre formando con su esfuerzo y el logro de las reivindicaciones básicas, fundamentales, de la justicia o la lucha por la libertad.
   En el fondo se trata de una serie de mitos que quisieran explicarlo todo por la genética o por nuestros genes –así, los hechos históricos tendrían, en última instancia, cusas biológicas, desde el gusto hasta la revolución francesa y el capitalismo salvaje de la predación competitiva, todo lo cual estaría determinado por nuestros genes. Olvido e ignorancia de la historia, en un determinismo cuyo fin en hacer creer que el orden social no es de otra clase que el orden natural (de lo contrario ya habría cambiado por razón de la evolución natural genética). Postura evidentemente reaccionaria que consagra el stau quo que postula la parálisis social por mor del equilibrio de la oferta y la demanda –es decir, que postula la ineluctabilidad de lo que ha llegado a ser y la ontificación (cosificación) del hombre. Posturas no muy diferentes a las del hegelianismo o a las de materialismo, que intentan ya explicar la totalidad por el devenir del concepto, que es Dios (idealismo trascendental absoluto) o por la materia, ya sea esta entendida como ingredientes físicos o económicos (las condiciones materiales de la existencia). Determinismos y reduccionismos que inconfesadamente apelan a la circularidad del sentido –a ese punto de inflexión irrebasable donde el sistema empieza a girar sobre si mismo y a partir e las cuales hacen su agosto las certidumbres dogmáticas (cuestión sobre la que volveremos con todo detalle).



16.4.- El mismo fenómeno puede enfocarse bajo otra óptica cultural: la de la tradición de la ruptura, esa especie de rebeldía contra la tradición –formas ambas de  inmanentismo contemporáneo que junto con la rutina, la tecnocracia, la publicidad y la corrupción de las fuentes de la educación da lugar a esa forma moderna de enajenación consistente en la vacuificación o vulgarización de las costumbres, marchando a pasos contados de la cerrazón y evasión existencial del confinamiento a la abierta voluntad de incomunicación, y de ahí a las motivaciones puramente egoístas del inconsciente, a mecanización o automatización de la vida e incluso a la robotización del hombre.
   Interrupción, pues, de una tradición y desplazamiento de la misma por un vacio que es llenado inmediatamente por una malignidad -erosión de un castillo de piedra  por un viento maniático que silba airado-, cuya función es cambiar las notas esenciales del hombre y de la cultura misma hasta convertirlos en otra cosa, que resulta lo contrario de o que eran. Mutación y derrota de una tradición, pues, por los ácidos corrosivos y los ratones que con virulencia roen su sustancia, hasta irrumpir en el escenario con un salto brusco erigiendo súbitamente la ruptura en continuidad, en tradición otra, donde so pretexto de la novedad pululan los excesos y excentricidades las malas costumbres, siendo validadas por un pensamiento que es dogmático por la fuerza misma de su inferioridad intelectual, rayana en el primitivismo de la magia de salón, de la demonología, del lavado de cerebro, de la mistagogía o de la viscosa brujería.
   El impacto de esa rebeldía ha sido en las ciencias sociales, en la cultura y en las artes  desastrosa, cediendo las nobles tradiciones del espíritu de investigación y la energía propiamente científica y espiritual que las guía a las manifestaciones más pedestres de la enajenación, el delirio, de las pseudociencias, de las tentaciones ideológicas de las modas cientificistas  o del lavado de cerebros.
16.5.- Bajo tan temibles circunstancias quedan inmediatamente vulnerados los móviles íntimos de la atención así como del mismo sentimiento de respeto hacia las personas, dando pie al desconocimiento de la persona, a la desatención más cínica, a la rebelión de los discípulos y a la corrupción de las jerarquías.
   El rebelde (del latín “bellum”) propiamente es aquel que hace la guerra. Rebeldía ante el espíritu, ante el valor, ante el sentimiento de respeto y del deber, incluso ante el respetable público, como sucede en algunos movimientos vanguardistas de abierta agresión al público (surrealismo, dadaísmo). Proceso de agresión que bajo formas soterradas y avalado por tales ideologías comienza con la indiferencia respecto de figuras o contenidos de la cultura –consagrando de tal manera la idea de Max Scheler, según la cual si lo más valioso, el espíritu, es empero lo más lo más impotente, mientras que lo menos valioso, el instinto, es sin embargo lo más potente.  
   Así, el rebelde es inmediatamente el desatento, el irrespetuoso, amparado en una serie de tendencias agresivas socialmente condicionadas y formas admitidas socialmente de agresión al prójimo por las doctrinas de la lucha por la vida y la sobrevivencia del más fuerte. Nostalgia regresiva y robotizante también de un solo camino, de una sola vía, pregonada por la originalidad unánime y la uniformación de la disidencia –puerta de entrada al totalitarismo global contemporáneo sostenido por las cabezas… de ganado. Cuyo gregarismo y pereza mental, fruto de su originaria barbarie, traza una ecuación de poder social inversamente proporcional al grado de su abyección. Diseño de una sociedad que acepta la mentira como un haber, tan cruel como indecente, donde se fraguan las nuevas formas del egoísmo, de la explotación del prójimo, del hedonismo y de la esclavitud, dictadas por la lógica de la ambición, del placer y del poder.
   Visión del hombre como animal social, es cierto, pero esencialmente cruel, esencialmente como predador, dominado por los impulsos sexuales del inconsciente y por las tendencias violentas preconizadas por el hombre de la amargura y de la iniquidad que construye una torre de babel caracterizada por su rechazo de Dios (asevia).  Porque esencialmente el rebelde es quien no tiene a Dios, quien no persevera en la doctrina del amor cristiano, en el cambio implicado por la revolución cristiana de una nueva manera de sentir al próximo y cercano, mediante gestos de fraternidad y solidaridad, de esa pobreza en que consiste el amor consistente en la humildad de amar al prójimo como a uno mismo, que abre a una nueva libertad ennoblecedora de la persona, en esa hospitalidad que es comunión, en esa reconciliación con el prójimo y con Dios que pacifica la conciencia, redime del mal y salva del mundo.










sábado, 24 de agosto de 2013

Curso de Antropología Filosófica XV.- Los Lindes del Respeto Por Alberto Espinosa



A Santiago mayor –y al menor.




15.1.- Retomando el curso de antropología filosófica, que hemos comenzado por el costado antropológico de la definición del hombre por su educación, es decir, por el conocimiento y transmisión de una tradición, a la cual sólo se puede servir en la escucha de dos de sus postulados básicos, o condiciones de posibilidad suya, que son la  atención y el respeto.
   Puede decirse que la filosofía es siempre a la vez antropología filosófica de sí misma o filosofía de la filosofía, en último término confesiones personales de su autor, respecto de la que la filosofía o sea o deba seguir. La filosofía, ciencia o arte de las distinciones, se opondrá siempre por razón de su propia naturaleza a lo indistinto, al aspirar a ser ciencia, a ser teoría, desarrollo de una definición.  Se opone pues a lo ambiguo, a lo vago u arbitrario de lo que no diferencia o de lo que no se diferencia, ya sea fingiendo su naturaleza por algún equívoco  ya sea por falsificarlo, desvirtuándolo entonces de alguna manera, es decir, negando alguna de sus notas u ocultándolo y mintiendo. Uno de sus síntomas es la actitud de indiferencia, que se opone, por poner un límite por caso, que lo separa o distingue de a la indiferencia, decía que es opuesta a la simpatía, atracción o complicidad, resultando por tanto culminante en su estado más pasional activo en la franca agresión, ya sea de palabra o mímicamente, como la piedra arrojadiza que lleva la intención de dañar, a su vez en su extremo con el deseo tácito de que el otro desaparezca, es decir odiándolo –por una especie de ignorancia o ceguera para los valores, ajenos naturalmente, y falta de reconocimiento, por ignorancia de la propia persona que se es y, por tanto, de la persona ajena. Contándose socialmente con una serie de actitudes que avalan, blindan o protegen las actitudes agresivas frente a las seductoras -por una deficiente conceptuación de la naturaleza humana, pues, puede argumentarse, el ser humano y la humanidad misma es más nativamente seductora que agresiva -como se verá más adelante. 
15.2.- Del amplio abanico en que consiste la naturaleza humana, de entre los propios o propiedades  derivadas de la esencia humana, es decir de las exclusivas humanas en razón de las notas que lo diferencian de los demás seres creados, hemos empezado la descripción por la exclusiva más patente y moliente suya, por una exclusiva sobresaliente suya: el ser el suyo el de un ser que se educa, que está en continuo e inacabable proceso de autoeducación y socialmente de co-educación, en proceso pues de rectificación constante e interrumpido hasta que no finaliza con la muerte de la persona, signo con el cual finalmente rubrica por decirlo así su vida, haya sido relativamente bien o mal educada como persona.
15.3.- El hombre, en efecto, es el animal que se educa, el ser educado y esencialmente por ser el razón y el ser moral que es o por su propio naturaleza. Se ha caracterizado a la educación por dos notas suyas sobresalientes: la atención y el respeto. Nada más lejano a la humanidad y a la misma naturaleza del hombre o a su esencia que, dicho inversamente, que ser desatento, grosero, ignorante a sabiendas o irrespetuoso, es decir, mal educado.
15.4.- En un primer sentido, nota elemental de la educación es la del respeto mutuo, sin distingos, entre las personas –que constituye el principio de la igualdad. Puede decirse que en la actitud de respeto culmina la educación –que es la culminación del proceso educativo en el hombre, como es el insecto la culminación del instinto –su diferencia estribaría que mientras el instinto es mecanismo puramente automático, la educación es un proceso de aprendizaje de los contenidos y formas de una cultura, de una tradición, o su entra da en un mundo de valores, que es la cultura. Porque es por medio de la educación, de la trasmisión de una tradición que el hombre, cuya naturaleza es natural y sobrenatural a la vez, entra en el mundo racional y axiológico del espíritu o que llega a intuir los valores.
15.5.- En un segundo sentido el hombre debe respeto, sobre todo, al niño, a la mujer y a Dios. El respeto al niño se expresa en el imperativo cultural de educarlo y de educarnos a nosotros mismos para servirle de ejemplo; el respeto a la mujer se expresa como el deber ni de maltratar ni de violarla (respetando su virginidad, esa paradójica falta o no saber en que consiste su pureza), también en ser atentos con ella, incluso cortes, por ser la mujer a la vez depositaria de la moral y el espejo a través del cual el hombre mira al mundo y se contempla a sí mismo.  El respeto a Dios, por su parte, se expresa como el deber de obedecer su santa voluntad –la que es también motivo de adoración y reverencia, debido a su primacía absoluta entre todos los seres, por ser Padre supremo y Creador, es decir, suprema autoridad moral.
15.6.- Si la filosofía es el saber de lo más y lo más saber posible, no puede no saber de la empresa reputada como educativa por excelencia a través de los siglos: la educación religiosa, cristiana.  La religión, en efecto, ha visto mejor la esencia de la naturaleza humana como amenazada, por su costado negativo, por el pecado, por el hombre rebelde, de ánimo doble, o sea por el pecador, por el hombre que al faltar a uno sólo de los principios morales, corre el riesgo de hacerse reo, o cómplice o esclavo, de todos los otros pecados o faltas morales, por desatento o irrespetuoso de las normas, llegando a ser ofensivo, grosero, injusto e inmisericorde, sordo en una palabra a los consejos de la moralidad.
   El pecado es visto como una falta moral, como una caída, falta, como una sombra o mancha que va cercando cómodamente al hombre para arrastrarlo al mal que hay en el mundo, por medio de la tentación, de la perdición y a la postre de la condenación metafísica de los irredentos. La religión se presenta entonces como el proceso de educación, en el sentido de la redención del hombre.
15.7.- El irrespeto a Dios, análogamente, es una falta que se extiende a sus creaturas, a los más indefensos primeramente, la mujer y el niño, y posteriormente a los semejantes, incoándose bajo la forma de la ignorancia, del desconocimiento de sus personas, que `primariamente se manifiesta en la maledicencia, culminante en la blasfemia.
   Se habla entonces de los hombres de raíz amarga, esas fuentes saladas que no pueden echar agua dulce, de corazones infectados por la amarga envidia. También de los hombres dubitativos, que por una especie de doblez de ánimo resultan irresolutos, no dejando por ello obra perdurable al ser inconstantes en todos sus caminos –planteando entonces el fabuloso problema de la doblez, de la enajenación o alienación en el hombre.




   El irrespeto es entonces casuísticamente un mentir contra la verdad, un jactarse y gloriarse a sí mismo, resultando por sus ambiciones tales hombres  además contenciosos –siendo todo ello producto de una sabiduría terrenal, animal, incluso demoniaca.  “Porque donde hay envidia y ambición, allí hay también todo tipo contiendas y descontento y toda obra perversa.”  Santiago 3.16.
   Sus motores son la envidia, que deseando no puede conseguir lo que desea, engendra así la guerra; y la codicia, que no pudiendo poseer lo que anhela, lo usurpa o lo violenta. Todo ello derivado de la falta de humildad, del orgullo irrespetuoso a Dios, por no inclinarse y pedirle a Ël con fe, entrañando por tanto una radical incomunicación con Dios, una ruptura ontológica de participación del don lo divino. Por lo que tales hombres de raíz amarga estarían también apartados de la gracia de Dios, siendo rebeldes, inconformes, descontentos, o en una sola palabra desgraciados.
   Hombres de raíz amarga, cuyo corazón amarga lo que toca,  puede caracterizarse por la jactanciosa ambición y la fanfarronería o la llana falsificación de la verdad, pero también por la intriga insidiosa, por blasfemar contra las criaturas hechas a semejanza de Creador. Hombres que son como vides que no producen higos, como higueras que no producen aceitunas, como fuentes que no echan agua dulce, roídos por el gusano de la mentirosa envidia o de la asesina y beligerante codicia –del querer ser y no poder o del querer tener y no poseer.
   Mundo plagado de insatisfacciones y de males, pues donde hay descontento e inconformidad hay toda clase de maldad: de avaricia, de amor a las cosas meramente terrenales, y de ira, que no obra la justicia de Dios. De lucha por los deseos terrenas, de concupiscencia y de adulterio.  Incluida la falta mayor, que es la soberbia, consistente en hacer el mal a sabiendas, de manera obstinada y contumaz, y por la amistad con el mundo y el enfrentamiento con Dios, no directamente, sino por el rodeo del odio a la creación o a sus obras. Es decir, mundo existencialista, consistente en vivir la propia existencia individual de hecho y sin razón de ser, como contrapuesta y enfrentada con Dios.
15.8.- El deber de honrar a los padres, se deriva analógicamente del deber debido a Dios como padre, así como los gestos litúrgicos de la reverencia, del tributo, de la veneración y el homenaje –dimanantes de su santidad y del temor religioso a su potencia y potestad (contra la irreverencia, la blasfemia y el sacrilegio: Is 11.2: Rm 8-5: Mc 13. 14).   
      Ser religioso acaba así por coincidir con ser respetuoso de la divinidad y por tanto de la moralidad que de ella dimana (Hch 17. 22).
15.9.- El respeto es así esencialmente el acatamiento a uno que se presume como superior: es obediencia, subordinación, sumisión o, en su punto más delgado o débil, consideración, miramiento. La rebeldía se expresa por su parte corriendo en el espectro semántico del descreimiento, de desatención, de la desconsideración y por tanto del consecuente distanciamiento por desacato, hasta llegar a voltearse en franco irrespeto que se expresa a su vez en la ironía, zumba, mofa, befa, escarnio o en el sarcasmo –culminantes el la caricaturización y el pitorreo.
15.10.- El fenómeno de la rebelión de los discípulos, la jugada de los rebeldes sin causa, consiste así básicamente en vulnerar la continuidad de la tradición, sustituyendo a ésta por otra cosa en nombre del momento, del instante o de la novedad (tradición de la ruptura). Tomar el lugar de (stand for), o estar por otro caos, que es la estructura del signo, adhiriéndose así a una serie de metasignificados, a un segundo nivel de significaciones que se sobreponen al primer nivel –por lo que hay siempre también en esas actitudes algo de angustia derivada de tal reflexividad:; también de formalismo, de absoluta prioridad de los significantes,  de la que se derivan tanto claves como códigos). También la usurpación: el tomar por fuerza o astucia el lugar de otro, que es ya falsificar. De ahí su espíritu innoble y ferozmente competitivo.
   La rebeldía más generalizadamente se expresa, pues, como una falsificación, ya sea del amor o de la amistad, ya sea del saber, que va de una adulteración de la filosofía a la psicología, de la cultura a la religión, terminando por minar en su raíz misma lo social, chancros morales que llegan pues a impactar a toda una comunidad al aplaudir falsos valores.
   Protón Pseudos o primera mentira que va dando lugar a un mundo de simulaciones y variopintas apariencias, apagando los colores y aplanando los volúmenes de la verdadera realidad –por lo que tiene un indisimulable compromiso con la ficción, la mentira y la ocultación.  Algunos de sus parapetos serían el formalismo huero, el tecnicismo inane la inconsistencia del doble pensar, que se anula a sí mismo, o la orfandad de la ignorancia de los orígenes, culminantes en la asebia o ignorancia de mala fe respecto de Dios. Mercenarios del cosmos, hijos de si mismos, de la fortuna, dispuestos a saltar a la aventura histórica dando la espalda al mito, sin legitimidad, pero también si  origen.
   Algunas de sus figuras serían la del faccioso y el sedicioso, la de la rebeldía pues que invita a la discordia, en su acción de ir “más allá” de los límites impuestos por el respeto. Otra, la del simulador, que con aspecto o rostro o semblante de sumisión no se asemeja en el fondo a aquello que dice obedecer, o que disimula histriónicamente, pues, al no ser en el fondo semejante, similar, cayendo por tanto en lo disímil y en la simulación y disimulación consecuente –como esos semidioses hemipléjicos que no llegan apenas sino a lo cuasimodal, a lo que es quisi-cosa, al remedo, al bagazo del modelo al que pretendían sustituir.
    En su extremo, incurriendo en el gandaya, que llevan una vida de saltimbanqui dada a la tuna, holgazana, por huir y refugiarse en campo bruto, en la loma en greña no cultivada de la barbarie, dándose la vuelta o volteándose -después de agandayar una parcela que no han trabajado, hasta concluir en la figura del desterrado forajido, del vagabundo gandul, del haragán o del tonto.











jueves, 15 de agosto de 2013

Homofilia o Paraíso Por Alberto Espinosa




Hoy en día se tacha con furor a cualquier seguidor de lay regia, de la ley de la libertad, de homófobo. Es un error. Un lamentable error. Lo único cierto es que el cristiano considera que las relaciones degeneradas son una torpeza, que el infractor se aleja del espíritu santo, que es movido por el espíritu de la mundanidad, por esa sabiduría del mundo que tan frecuentemente resulta demoníaca. O, dicho llanamente, que los homosexuales no irán al cielo, que ofenden con su comportamiento al Eterno, que tal comportamiento es pecaminoso. Por temores ya bimilenarios los afeminados, los homosexuales y demás yerbas de olor han pasado en nuestro tiempo a la ofensiva, arguyendo una modernidad, un laicismo, una secularización que no los exhibirá del juicio, reprobatorio, por su conducta disoluta, o al menos permisiva, libertina. Dígase lo que se diga, pero no misa, porque la Biblia es absolutamente clara a ese respecto: por no adorar al Creador y adorar al hombre su corazón será entenebrecido y recibirán en sus mismos cuerpos el castigo por sus desvaríos -porque la desesperación de la condenación eterna, o de la aniquilación ab integrum les prenderá una chispa, una chispa de inquietud, de temor escatológico, hasta finalmente consumirse en las llamas de su propios deseos invertidos, de sus propias malas acciones, y seducidos por el maligno, dejándose llevar por el mal espíritu, correrán la suerte del siniestro, ardiendo de ira, probablemente, y consumidos finalmente por la atroz desesperación. Dígase, pues, lo que se quiera, pero las llaves de Pedro seguramente no les abrirá las puertas del paraíso a los rebeldes.




De la Conformidad y el Conformismo Por Alberto Espinosa



“Contento: el que se contiene a sí mismo y no necesita buscar cosa alguna afuera. Enajenado: contrario de contento. El que este lleno de lo ajeno y vacío de lo propio.”
Guillermo Tovar de Teresa

   La definición de enajenado es magnífica, porque sí, el hombre contento está pleno de sí y del espíritu, que es lo propio y sin egoísmo; mientras que el enajenado esta ajeno a sí, raptado de la mente, es un mentecato, pues, en lo que no puede en definitiva haber contentamiento alguno, pues claro, porque el conformismo es más que nada un vacuo convencionalismo, que es locura.
   Los inconformes radicales de nuestro tiempo, paradójicamente, suelen ser los más convencionales, y los más convenencieros, también los más ajenos a si mismos, los más desparramados fuera de su propio continente... y los más contenciosos.
  La conformidad sería un estigma de nuestra época, que es el de la doblez, la posibilidad de ser otro del que se es, que es la enajenación, o no poder llegar a uno mismo, ya por alienación o porque el medio no lo permite, por una falla o presión o vacío social, por decirlo así, cosa que también se da, por caso un orador en un país de sordos, pues nada, no llega, no hay, no existe, como Demóstenes, se va al mar a tragar piedras para mejorar su dicción, o como el profeta que se va al desierto.
   Conforme, estar y ser conforme, coincidir con la propia forma, contenerse en la persona propia, sin la desmesura de querer ser más que uno mismo, sin levadura; contenerse, pues, en una palabra, que es lo mismo que contentarse, que estarse contento o satisfecho, que es la medida del bien humano, es decir, de la felicidad asequible -en una época de insatisfechos, de descontentos, de desmedidos, de infelices e inconformes crónicos.
   La diferencia estriba en conformarse a otra cosa, en tomar la forma de otra cosa, que es el conformismo, y estar conforme con uno mismo, con la propia sustancia, con la propia esencia individual, singular, humana -que en su límite es contentarse con la personal y propia suerte ontológica, de conformidad, que es el primero conócete a ti mismo délfico.
  Llegar a ser quien somos -porque hay adherencias debidas al demonio y el animal que nos habita, que hay que purificar (pero también a la tremenda presión histórica y generacional, que es el demonio del tiempo), reprimir, hay quien se transforma en cochinito de tanto comer, por no refrenar el apetito de su abdomen -colosal problema educativo de hoy en día ciertamente.
   Llega a ser quien eres, confórmate a ti mismo, se podría agregar, para estar contento, para hallar contentamiento, satisfacción en la vida, pues la satisfacción es sinónimo de bien: es el bien, lo satisfecho, y solo estando en uno mismo podemos hallar satisfacción, estar satisfechos y acaso también ser buenos moralmente.
   Puede aún agregarse que vivimos una época de inconformidad, de descontento, de insatisfacción por so rasgos de la edad contemporánea: su excentricidad y su extremismo, donde es sólito el espectáculo de personas sacadas de su centro, excéntricas y además excesivas, extremosas... pero esos es muy filosófico, son tirones humanos en busca de algo que la sobrepasa y que al topar con el límite obliga a regresar a un centro más estable de la persona, en una época como la nuestra en que el ser humano ha explorado insaciable los extremos de la existenciariedad, llegando al punto de la sobrecogedora angustia que nos obliga retachar, por decirlo así, al centro del ser... de la esencia eterna.



Curso de Antropología Filosófica XIV.- La Dialéctica de lo Negativo: los Valores Marchitos



14.1.- La severa crisis de nuestro tiempo puede verse, en el fondo, como una crisis filosófica. El chancro que invade a la filosofía es la de la angustia por lo temporal, de cuya dialéctica de la negatividad no queda sino diagnosticar su origen y mirar de frente las consecuencias de sus rizomas y tumefacciones para así, luego de mostrar y extirpar sus causales, volver a la filosofía, ya más ligeros de equipaje, para encontrar en ella misma la plena consciencia de sí –en una vuelta a la filosofía de la filosofía.
   Imposible entonces no analizar, no hacer la disecación de la cadaverina que engendra uno de los grandes fenómenos de la vida social contemporánea: el de la rebelión de los discípulos, fabuloso complejo donde se abrazan dialécticamente dos fuerzas colosales (el tiempo y el logos), en una especie de fabulosa gigantomaquia –de consecuencias realmente impredecibles.
14.2.- Su causa es una especie de neurosis y/o enajenación de la conciencia social históricamente y materialmente condicionada que vulnera de raíz y corta de tajo el tallo la sociedad magistratorum et discipulorum en que socialmente la filosofía consiste, bajo la forma ambigua de lo que se ha venido a llamar la “tradición de la ruptura” -en modo es ajena a las vanguardias.
   El proceso educativo se convierte entonces en su reverso, volteando sus conceptos cardinales de convivencia y de formación al apuntar a un pensamiento contradictorio, dialéctico puede decirse, el mismo, donde se rompe amargamente con las situaciones de convivencia formativa en que la educación propiamente cosiste, convirtiéndolas en situaciones ya deformantes de los contenidos y formas de la cultura, y por tanto deformantes de la persona misma, o en situaciones de desvivencia, resultando en último término tiránicas tanto por ser  profundamente insatisfactorias, como por nihilificadoras de la persona, por abortivas de lo humano, donde se concluye en la muerte del hombre, del humanismo, siendo en cambio sustituida la educación por una ideología o por un dogma, por un tecnicismo ñoño, por una magia o por un culto al milagro –fenómeno en modo alguno desligado de las ideologías fascistas que sustituyen los imperativos de la educación y de la moralidad, por el inmanentismo de la satisfacción inmediata o del éxito y la posición social, trasmutando la cooperación pacífica entre las personas en una lucha feroz, bajo cuyo orden de eficacia competitiva abiertamente triunfan los imperativos más urgentes de la violencia: la ocultación, la doblez, la delación, la inquisición y el arrebato, hasta culminar finalmente o en bostezo idiota del tedio o en la llana estulticia del caos -como palpable e indefectible consecuencia de haber abiertamente alimentado un manojo indistinto de valores marchitos.
   Amor imperativo por la tiempo que deriva en una muy cuestionable razón histórica –cuyo sistema del mundo, al perder la consistencia que le dio origen (hegelianismo), se haya al tal grado desmembrado, como la cabeza de la mítica Hidra de Lerma, que sólo es posible asistir al asombroso espectáculo de la reproducción de sus cabezas, cuyas extremidades aún fragmentadas crecen cual dislocados tentáculos que se adelantan y se agitan bajo la especie de de un caótico torbellino: pues es de hecho razón, por tanto una, universal, imperativa, pero como el voluble tiempo es a la vez cambiante (¿??), no pudiendo erigirse entonces sino en “razón  dialéctica” -que se niega metódicamente así misma para estar siempre un paso más allá de si, desmarcada, siendo por tanto voluptuosamente excéntrica, alcanzándose sólo a sí misma, en sus impotentes extremismos tangenciales, bajo la forma de una rabiosa sed de negación que solo sabe saciarse al beber las oscuras aguas de la negación… de la negación. Para resultar así afirmativa. Razón universal y una, pues, pero a la vez mudable, cambiante con el tiempo, en una palabra razón histórica, evolucionista, pues para poder ser tiene que mutar, dejando forzosamente de ser para rehacerse a sí misma en un interminable círculo tan excéntrico como extremista de negatividades).
 14.3.- El síntoma más patente de ese modelo de razón, de la razón del tiempo, de la razón sin Dios, es el de la aniquilación de la noción de respeto en la persona. En efecto, lo que los fragmentos de tal filosofía arroja prima faquie sobre el mundo de la convivencia es directamente una afectación moral al sentimiento de respeto –engendrando con ello, por mor de algún formalismo, la más patente informalidad y desatención en los espíritus, redundando como consecuencia social en el sembradero de la semilla oscura del relativismo escéptico, en cuyo campo se ciegan los valores, andando el individuo y la sociedad misma frustráneos, sin poder dar frutos válidos, coptados a su vez por las fuerzas titánicas de tumultuosas presiones históricas –las que en nombre de lo social destruyen lo social en su raíz misma.   
14.4.- Difícil, en verdad, moverse y orientarse en ese río revuelto de la razón dialéctica, poblado por las tan precipitadas como ajadas y molientes rocas romas de sus valores marchitos -haciendo del alma mater su seno y su refugio, promoviendo abiertamente la disidencia, agasajando al rebelde y aplaudiendo la satrapía, dando pábulo con ello al contingentismo, al excentricismo, al finitismo, al exhibicionismo de la vida pública y al vacuo formalismo –hasta llegar al ritualismo rígido, regido por las formas del mero devenir y, a pasos contados, a la idolatría sin sustancia de la mera posición social de la persona (personalismo). Mundo puramente existencial, es cierto, donde pulula una caterva de rebeldes sin causa –sin causa metafísica-, en que se resuelve anodinamente el inmanentismo, el tecnicismo tecnocrático y el publicismo (la publicidad y la propaganda inclusa), como rasgos constitutivos de la edad contemporánea, que a su vez devienen en un desaforado amor por las formas puras, pues, en una especie de prioridad absoluta del significante: del signo sobre el símbolo, del cuerpo sobre el alma y de la materia sobre el cuerpo. Rampante formalismo, pues, que viene a desalojar por completo de contenido el sentimiento del respeto.
14.5.- Nada más común, más corriente y moliente en nuestro tiempo, siglo y mundo, que ese atravesado coro de antiautoritarismos –los cuales sin embargo no dejan de rebelar que están reclamando para si, a todas luces, toda la autoridad más prístina y total, aunque en el camino hayan dejado de respetar impúdicamente tanto a los otros como a si mismos –dando lugar con ello a una autoridad tan personalista como atávica y meramente supersticiosa.

14.6.-  Ante tan agreste panorama no queda así sino volver a ver con más detalle en que consiste el sentimiento del respeto y la autoridad que de él dimana. El la siguiente entrega…!!!