martes, 19 de marzo de 2013

Cultura o Cibernética (Las Raíces de las Manos o la Pinza Mecánica) Por Alberto Espinosa



 
“Patria  de luz y polvo.”
Octavio Paz

I
   El primer rasgo que salta a la vista en los oficios artesanales es su carácter tradicional. En efecto, el sentido de sus prácticas es siempre heredado, no siendo la práctica la aplicación de una teoría sino la práctica de un uso, de una costumbre, cuyos cambios se producen siempre remitiéndose a un pasado –siendo así los oficios no sólo parte esencial de lo que realiza históricamente una cultura, sino la parte que más la caracteriza e individualiza, la que aporta sus símbolos más caros y las claves de su estilo de vida.      
   La significación de los oficios es así una significación práctica, que funciona sobre el trasfondo de otras  significaciones. Ese segundo rasgo de los oficios da cuenta de que su tradiconalidad  pertenece a una serie de cosas que la cultura realiza en la historia real como memoria, como significación en el tiempo, como pasado histórico y orientación del sentido que le da un sentido al tiempo que a la vez funciona como fundamento de lo social.
   Sin embargo, frecuentemente, tras la conciencia moderna de trabajar abnegadamente por lo “social” y de las convicciones antiindividualistas y antiidealistas que afirman el carácter social del hombre y la determinación de todo lo humano por estructuras históricas, se deslizan sibilinamente actitudes que acaban por negar el valor de lo social en su fuente y raíz misma, terminando por soñar en fundar al hombre en una verdad absoluta, a la vez suprasocial y suprahistórica,  sustentada por una necesidad causal y material que en su totalitarismo ciego no puede sino fundar el reino de la impiedad.
. Una de sus expresiones más habituales es la que condena a la tradición como traba del progreso, oscurantismo y opresión de la libertad –idea, por otra parte, compartida con aplauso por las mentes más individualistas, burguesas y reaccionarias, que tras el vanguardista rostro socialista muerden con furor y bizarro estrépito cualquier manifestación desinteresada del espíritu. Porque lo que asecha detrás de todo ello es la tentativa de querer comenzar la significación de la nada, de una vez y para siempre, escapando así a la indeterminación del mundo real. Partir, pues, de un pasado sin memoria o de una pasado “teórico”, rebanando arbitrariamente esa propiedad del tiempo o dimensión suya de la memoria que es tiempo ella misma. Querer comenzar una cultura partiendo de la nada es como querer asistir al propio nacimiento; es también querer escapar de la historia real a la tradicionalidad del significar, creando una memoria teórica, arbitraria y artificial que borre  la memoria real –con la intención de reabsorber la realidad en la mecánica cósmica de la fuerza y de del apetito, es decir, de la voluntad de poder, cuya insignificancia repetitiva constituye claramente la barbarie.
   Equívoco todo ello del que es mejor despertar a tiempo, pues lo  primero que hay que comprender en el campo de las humanidades es que su esencia está en que sus movimientos no son hijos de la causalidad mecánica, sino reflejos de la significación, y que la sustantividad misma de lo social es la tradición, la cual en su plano más general es sinónimo de histórico. En efecto, a diferencia de la sociedad animal, la sociedad humana se distingue en que el tiempo en que se desenvuelve no es repetitivo y mecánico, sino un tiempo orientado por la tradición –donde cada nueva generación es heredera de la anterior y no sólo su sustituto y donde la memoria social estructurada por  la tradición es la que hace posible todo cambio y toda evolución –piénsese si no en el largo trecho que va de la sexualidad de la amebas a la sexualidad tradicional. En efecto, la tradicionalidad, contra lo que suele pensarse, es el fundamento radical de la sociedad,  pues es a la vez memoria social,  historicidad y profundo ejercicio de racionalidad.
   Así, lo que nuestros incomprendidos ancestros y obliterados antecesores defienden con vehemencia en su conservadurismo, lejos de ser la trasnochada nostalgia del rezagado o del falto de información, es el hecho de que una sociedad funda su sentido necesariamente en el tiempo –fundando con ello reversiblemente un sentido del tiempo, una orientación del sentido. Es por ello también que su decir o sus prácticas aspiran a la autenticidad de lo que quedó dicho y hecho o representado, repitiéndolo en círculos concéntricos para encontrar en la repetición con sus vueltas y revueltas la plenitud del decir, la verdad del lenguaje, su justicia y su belleza –desconfiando a la vez de la novedad que desarraigada y lisonjera, exploradora perdida de golondrina sin verano, viaja desamparada trayendo bajo el ala idólatra el chancro del error, el enmohecimiento de la fealdad y esterilidad la injusticia, siendo en última instancia formas de la impiedad –y que cuando hacen de la tradicionalidad un tradicionalismo no es sino para robar al pasado, estableciendo una forma fija de tradición para excluir otras de sus formas capaces de fertilizarla; también para robar al futuro, estableciendo a la generación siguiente un programa para que lo siga. Casticismo oscurantista, pues, que hace de la vanguardia un academicismo más y de la herencia una práctica fanática para heredárselo  todo ellos mismos… al precio de dejar a sus hijos en cueros.



II
   Plato de lentejas metafísicas, claro está, cocinado por la exacerbación de una actitud automatizada y maquinal ella misma, que aplicada a la literatura, resulta hija de una vacua oratoria, oportunista y sin verdadero contenido intelectual o filosófico, que emplea recursos técnicos en el discurso público para “convencer” de manera perfectamente amoral y fraudulenta, hasta el extremo de persuadir por medio de la repetición extravíca de una mentira hasta volverla venenosa verdad –croar de ranas de suástica que canta alegremente en la ciénaga, saltando alegres por la  fe cerril en la mera eficacia de la técnica y en cuyo balancín de monos sabios y autosatisfechos desgastan al serruchar  la rama sobre la que se columpian.  Se trata también del empleo de recursos literarios, críticos o narrativos, festinados por la académica cultura oficial, que embozados tras el vanguardismo de sus maneras y la rebeldía de sus consignas instrumentan el automatismo de la técnica y añadiendo el ilusionismo de la ideología –evitando ambos pasos incorporar la carnalidad del oficio.
   Su manifestación más burda e inmediata esta en describir los sentimientos en la materia en bruto de su origen, empleando palabras violentas y vulgares, desligándose así tanto del proceso temperado y continuo del pensamiento cuanto de las formas poéticas o de los auténticos raptos místicos. Tal procedimiento muestra la cercanía del sentimiento y de las sensaciones, es verdad, pero al precio de su chatura, que oscurece al  sentimiento hasta el extremo de volverlo irreflexivo y desconocido para sí mismo, siendo por tanto congénitamente infiel e infecundo estéticamente al estar viciado por su carácter chantajista por intenta disponer del deseo del otro y así apropiárselo,  resultando constitutivamente destinado a la frustración de la propia libertad. Utilitarismo, pues, que factura empero la malversación de las sensaciones al presentarlas en toda el atropello de su accidentalidad, dando cuenta con ello de su original barbarie.
   Ingeniería literaria de las emociones a que se agrega, como en una receta o una fórmula mágica, el ansia imperfecta y oscura de mejoramiento social, plagada de confusos ideales revolucionarios, cuya orientación no es otra es la idea vaga y simplista del valor universal de la felicidad general del hombre confundida  con el bienestar material, el consumo y el progreso y que al pretender realizar al hombre sin fundarlo ejerce una influencia política oscurantista que no pueden sino verterse en acciones azarosas y malogradas resultando impermeables a la esfera pública -para finalmente justificarse utilizando argumentos contrarios a sus razones, haciendo pasar los caros anhelos de justicia social por la barba de los privilegios inmerecidos de un grupo autocontenido,  excluyente y cuya estructura gregaria y reaccionaria se muestra como una adherencia ciega y sin fidelidad al conglomerado, que en esencia carece de principios unitivos por estar huérfano de alma a la cual pertenecer, estando siempre por tanto lejos de los otros
  Se trata, en efecto, de la frivolidad insoportable de la ideología retórica, cuya técnica se destila en el matraz de una especie de manierismo imitativo, que en sus gestos y mímicas se acoge a un modo meramente adjetival de tratar con el mundo, sobresaliendo así sólo su carácter superficial y ayuno de verdadera perspectiva esencial. Técnica, pues, que vive de estampar epítetos como quien ensarta mariposas, no por motivación y participación con el objeto, sino de manera arbitraria al estar movida sólo por los intereses transitorios del sujeto. Manipulación técnica de la realidad que cuando emplea la crítica para ponderar la obra de arte no lo hace de acuerdo con un criterio estético y según las categorías directrices del gusto y la experiencia personal sino arreglado a un orden eclesiástico establecido y que inquisitorialmente juzga el sentido artístico, creyendo pontificalmente que la crítica consiste en ensalzar o condenar sin mayor argumento de por medio que la desmesurada hipérbole.
   Doble mutilación de la realidad, pues, que no puede sino culminar en la esclavitud de la parodia, cuya falta de libertad se expresa bajo la forma de una opereta de farsea bufa que rasura la realidad por dogmatismo en litotes de irracional proyección diminutiva, que quisiera hacerse ojo de hormiga  ante su conciencia confesional culpígena que termina por odiar su objeto de deseo, ya sea por corrupción y contra versión consigo misma, ya por el dogmatismo con que trasquila el cordero de la realidad para extraer de él sólo las blanduras níveas de sus rentables algodones. También doble oscilación o desequilibrio, donde el sujeto pasa del extremo de la caricatura, suprimiendo el carácter general del hombre a favor de lo particular sin universalidad posible, a la excentricidad de diluir en la insignificancia el carácter individual por el predominio de lo general y blandengue –en ambos casos excluyendo la posibilidad de encarnar la dignidad del individuo con una significación personal propia.
III
   Tal es el resultado de aplicar al campote la significación y de lo humano  procedimientos y métodos sólo justificables regionalmente, en áreas ajenas a la cultura y cuyas prácticas sirven a otros fines. Porque la técnica, en efecto, concibe a su objeto según sus límites enteramente artificiales y sus fines prácticos –pragmatismo cuyo aspecto cínico relaciona por estrictas mediaciones utilitarias o sociológicas  a un máximo de automatización de procedimientos un mínimo de significación y a un mínimo de esfuerzo un máximo de provecho (doble fórmula de la eficiencia motivada por el doble interés técnico y económico)
   Se trata así de una elaboración concreta de la experiencia, cuya esfera por definición tiene una existencia  limitada al estar atenazada por la pinza que determina el alcance de la experiencia que elabora.
   Así, la acción tecnológica limita extraordinariamente la experiencia, pues se interesa por sujetar y modificar un solo perfil, una delgada película de la experiencia –oponiéndose en sus aproximaciones y cálculos al espíritu científico y filosófico, que concibe su objeto de acuerdo a su infinitud natural y a sus fines desinteresados y eternos, pues su interés no es otro que el conocimiento mismo y su método el más rico posible para articular sistemáticamente la experiencia en toda su extensión, salvaguardando que no se reduzca la profundidad de la experiencia. La filosofía, en efecto, aspira a conocer en la pureza de la teoría, tomando por ello distancia y siendo en cierto modo aséptico con su objeto de conocimiento –a diferencia de la técnica, que le impone tener un ser diferente, sometiéndolo a una especie particular de voluntad y sentimiento.
   La técnica así desconoce el alcance natural de la experiencia obligada por la condición de convertirla en otra (práctica, utilitaria, eficiente), estando por principio impelida por el deseo de que la realidad sea como ella quiere, impidiendo tal pasión conocer la experiencia como realmente es, reduciendo su saber a aquel que permite modificar el universo a su conveniencia, no atendiendo a la esencia de las cosas o de las personas sino al modo de manipularlas –creando para ello fábricas, centros de producción o férreas doctrinas literarias y eclesiásticas que fundamentan la tecnocracia moderna.
   Así, se presenta la técnica como el paso directo de una ciencia o un saber practico a sus aplicaciones sin referencia a ningún oficio, al cual sustituye –llegando en su umbral más alto a la aplicación tecnológica, que soslaya todo contacto con la carne, pasando directamente de la teoría a la máquina.  Pero si la técnica es la sistematización y regulación de una práctica, para limpiarla de toda dependencia a la significación individual, empero en sus zonas de contacto con la persona impone a la carne reversiblemente una automatización que la tecnifica, que la libera de su fluctuación y contingencia individual, es cierto, pero a costa de hacerla equivalente a una máquina. Porque su interés es el poder disponer los medios de acción que rebasen la fuerza de que el hombre dispone por sí mismo para dar rienda suelta a su voluntad sin fin –siendo empero a la vez estructuralmente impotente para logar su objetivo, al imponer más de lo que puede exigir, afectando su desarrollo por locura fundamental de trastocar medios y fines. De tal manera no sólo la experiencia, sino la misma existencia social se ve amenaza por el problema del poder, que toma el centro de la vida colectiva al usurpar sus focos de significación, engullendo en una rueda de molino a opresores y oprimidos como meros instrumentos de dominación, deformado también las relaciones hombre-naturaleza por la religión de la producción y de la propaganda que termina falseando todas las relaciones sociales.



IV
      La técnica es la tentativa de lograr lo que el oficio, pero con plena autonomía respecto de la significación de la carne, independizando de su limitación individual, de su fluctuación, imprevisiblidad y contingencia individual, pero aislando del sentido del alma que le imprime el corazón de la persona.
   La técnica resulta entonces un procedimiento codificable repetible por el conocimiento –pero sin las virtudes de la iniciación y el aprendizaje –capaces de incuso de viajar encapsulados por siglos, aislados de vehículos carnales, y ser redescubiertos al entrar en contacto con una personalidad y por un ejercicio corporal de la técnica que en el oficio recupera la significaión de la carne. El oficio recupera la técnica al volver a hacer un uso carnal de los procedimientos automatizaos y al tomar como valor inestimable en el uso corporal de la técnica por el talento personal, el saber hacer y la gracia infusa o el don personal.
   El oficio escapa siempre al conocimiento formal y sistemático por ser indesarraigable de la experiencia, cuyo reino es el del tiempo, de la carne y la memoria. El triunfalismo de la razón instrumental y técnica se cifra en poder captarlo todo codificándolo y subsumirlo bajo la automatización de los procedimientos, todo… menos la experiencia, que es el mundo real, del tiempo y de la carne. Los oficios, antes de ser suplantados por la tecnología, son antes que nada prácticas en la que la técnica vulva a ser una experiencia corporal, en la que acaba reabsorbiéndose y en la que toma su sentido –y sin la cual dejan de tener sentido.
   De esta manera, los oficio del grabador o del poeta, pero también del fabricante de algodón de azúcar del trabajador del papier mache o del piñatero popular, representan sin embargo para la cultura más que la técnica, porque constitutivamente y por sí mismos limitan tanto al automatismo de los procedimientos cuanto al uso retórico de las fórmulas y los abusos ilusionistas de la ideología, por esponjar en el uso corporal y en la encarnación individualizada de la significación los profundos vínculo de parentesco, afinidad y comunicación con la tradición y su simbolismo, ligados irrecusablemente a una visión completa del mundo o una filosofía de la vida. Así, todo oficio es un uso carnal, pero también tradicional, de de una técnica, alcanzando por ello las expresiones de la cultura vernácula las bases de la educación anímica de una cultura. Humildes semillas que sin embargo son potentes para despertar los contenidos simbólicos de la conciencia y hacer germinar en el humus de la memoria colectiva las formas eternas, cristalizadas en el tiempo sin tiempo del espíritu. Alacena de las emociones, pues, que se abre al espíritu por virtud del uso corporal y en cuya significación la carne despierta a la luz para refractar los mil colores de los recuerdos y los sueños, para revelar también las iluminaciones y las esperanzas en el corazón del hombre.
   Por ello, ante el entusiasmo tecnológico de la producción en masa y el consumismo, ante un arte que es mercancía o que es sólo adjetivalmente creativo cuando copia los rasgos artísticos de las artesanías como si fueran aislables y reproducibles una vez objetivados, frente a los procedimientos burocráticos que incautan el sentido de lo social  para apropiárselo, pequeñas comunidades al margen del progreso nos muestran a la vuelta de la equina que el valor artesanal es también uno de los fundamentos de lo social.
   Porque la actitud del trabajador artesanal muestra también su dignidad al tamizar las dos caras opuestas del trabajo; por un lado al aceptar lo que hay en él de producción, de transformación de la materia de nuestra herencia natural en un mundo de bienes útiles y consumibles –pero a la vez pone el acento lo que hay en el trabajo de raíz humana, suspendiendo lo que ese mundo tiene de apetitito irracional, de apropiación, destrucción y desperdicio.
   Porque por su manera de trabajar el artesano pone entre paréntesis lo que en los bienes económicos hay de objeto y de mercado, desactivando así  los circuitos económicos, que crean al alejarse de su raíz y cerrarse autárquicamente en si mismos el orden de la injusticia y la explotación -pero compensando esa actitud con el valor de la hechura, de esa lucha amorosa con la materia cuyo contacto corporal y manual sabe de su peso como nunca el intelecto podrá hacerlo, tratando con la materialidad del mundo y dialogando directamente con su resistencia y temporalidad, abriendo así un espacio a los signos que responden a la carne cuando ella corresponde humanamente a la naturaleza.
V
   La labor artesanal entrega no sólo un bien de consumo y desechable, sino un servicio que subraya no lo que en el objeto hay para la satisfacción de la necesidad y el apetito, sino lo que tiene de bien precioso, de objeto para la contemplación, que nos habla también de un contenido histórico, abriendo con ello un lugar sagrado, un templum para preservar el alma de una cultura y donde el espíritu pueda recogerse entero.
   El cuerpo de la cultura, concebida como un animal orgánico o como una entidad articulada y que respira por ser un ser vivo, toma toda su savia de la sustantividad de los oficios y todo su oxígeno de la respiración tradicional y sus prácticas y costumbres –sin los cuales o duerme en la piedra de los usos girando sin sentido alrededor del automatismo técnico o se dispara todas direcciones por la aplicación arbitraria de la retórica de las reglas.
   Tal es el sentido histórico del espíritu: permitirnos comunicar con la especie en cuanto tal, siendo la instancia de lo específicamente humano, en cuya exclusiva histórica y temporal el espíritu se manifiesta como memoria cultural y a la vez como la significación moral más alta de la realidad, pues nos afirma en el suelo de una tradición al afirmarnos no en las leyes hacemos los humanos sino que nos hace humanos, que a la vez al abrir nuestro deseo a lo realmente deseable nos permite participar en el reino del sentido al contemplar la vida como un campo de valores y a la tierra como el lugar de lo habitable.
   La humanidad, en efecto, es un legado, y es por ello tradicional e histórica. El hombre vive, en efecto, en la humanidad como se vive en una morada y la humanidad vive en el hombre como mundo humano. Ser hombre, ser hijo de hombre es aceptar vivir en ese mundo histórico y es entrar en posesión de él por medio la cultura –pero no como un lugar al que se posee o que se consume, sino como un sitio al que se entra. Mundo que puede ser ajeno al hombre por vivir fuera de sí o enajenado… o porque no se alcanza,  porque no existe por falta de oportunidades.
   Si las dos relaciones fundamentales del hombre con el mundo son la propiedad y el diálogo, la propiedad entendida por la tecnológica resulta proveedora de una felicidad muerta y sin sentido, poseída como un objeto y  apropiada como una colonia. El trabajo artesanal en cambio nos seduce por ser a la vez un diálogo con la materia y con la tradición, logrados en base a la significación impresa por el uso corporal y por la impregnación amorosa de la carne. Así, en una primera vertiente de la comunicación humana, las relaciones que el artesano establece con el mundo exterior una relación económica sui generis, que no es la riqueza de lo explotado y apropiado, sino el lujo de dialogar desde el origen con la materia misma de las cosas, estableciendo a la vez una relación directa con los seres humanos. Relación de seducción, es verdad, que amalgama así los bienes utilitarios y de consumo a los poderes eróticos que a la vez despierte y participa del goce producido en los otros, dando así aire oxigenante a los pulmones y alas a la libertad irreducible que habita en el individuo.
    Los artesanos, muchas veces más que los artistas mismos, son los únicos que realmente trabajan para nosotros en un tercer sentido: pues no sólo comunican con su trabajo con el mundo exterior y en el dialogo que establecen con la materia con los otros hombres, sino que también abren la posibilidad de comunicar con la humanidad en general, con la historia y con los lenguajes. Instancia del espíritu que nos redime al hacernos pertenecer al alma de un pueblo y vibrar con sus ritmos históricos y expresivos -.abriendo con ello la posibilidad interminable de volver a la fuente, de recuperar el contenido, de volver ha hacer germinar a una cultura en la experiencia al ser infinitamente interpretable.
   Porque la pertenencia al espíritu de la humildad es una verdad libre como el viento y eternamente inapresable -que se vuelve monstruosidad y mentira cuando alguien la retiene intentando apresarla en su verdad o en la literalidad de la teoría. El carácter indecible de la verdad de un pueblo se expresa así en cambio en su tradición, pero no en sí misma, sino a través de sus manifestaciones concretas e individuales, detrás de las cuales vive la verdad de la tradición como conjunto de gestos y creencias en el despliegue histórico de su gesta cultural. La crítica de la tradición y el arte crítico de la tradición son así necesarios,  pero no para derrotar a la tradición, sino para mostrar la verdad de su verdadero sentido es tradición.
   En los oficios artesanales, a medio camino de la profesión y el oficio, entre la técnica y el conocimiento personal, entre el saber hacer y el don, .arraigados en el santo seno de la provincia mexicana,. se encuentra preservada el alma nacional y es a través de ellos que puede exaltarse el sentimiento de la patria, el estilo colectivo de vida que con características regionales propias resiste conservando el núcleo de nuestra pertenencia. 
  Porque tras la apariencia externa del grado de civilización alcanzado por la nación y al borde de ser engullida por el vacío de pueblos improvisados y a la deriva, gravita todavía, al fondo de la difusa atmósfera creada por las eficaces técnicas de comunicación en masa, el sentimientos de ser herederos de un pasado histórico fecundo.
    Porque una nación es un organismo vital que se mide de frente a la historia por su fecundidad creadora -no por su mera repetición tradicionalista, sino por su crecimiento, por su posibilidad de crear .un mundo donde realizar las mejores condiciones de vida para el hombre, tomando el paisaje en torno con todo el peso rugoso de su extrañeza y opacidad y la historia en todo el caudal de su sentido.
   Porque la visión artesanal es también la del morador, la de quien busca entre los elementos un espacio habitable en el cual construir y en el campo temporal una estancia del espíritu en la cual poder edificar –para ser de nuevo así hijo legitimo del hombre y poder pertenecer a la vez de verdad a una tierra cultivable.




domingo, 17 de marzo de 2013

Un Hombre Por Alberto Espinosa




Hubo una vez un hombre quien propiamente no era un hombre: era una jerga. Ser oportunista que, sin embargo, nunca fue de provecho alguno. Criado de todos siempre se sirvió en realidad solo a sí mismo. Aprovechando la ignorancia ajena y cultivando la traición a sí mismo en gestos descompuestos, rastreras gemuflexiones y chanzas anodinas fue mucho menos que un payaso circense, dando formas estilizadas a la abyección, de la que pretendió hacer un arte. Anarquista pertinaz tuvo éxito en todas sus empresas, aunque bien a bien no tuvo empresa alguna. La burocracia, confundida con sus disparates pieotécnicos, le fue concediendo ambiguos puestos de responsabilidad, salarios, representaciones, incluso honores. No hubo valor que pisoteara con descaro, no hubo relación que no retorciera y entre sus manos crispadas recibió con evidente jubilo el cheque de dos dígitos más seis ceros la inverosímil jubilación y el inmerecido puesto fantasma en la academia, presentando puntualmente cada quincena para seguir toreando la fatigada nómina. Modelo de la juventud a la que deformó con su deshilvanada labia por décadas hoy en día ya pocos lo recuerdan, pues hizo de la memoria de su vida una escala vergonzosa de sucesivos equívocos y olvidos. Con sus modales de clawn empedernido corrompió de a poco en su trayecto a la sociedad entera erosionándola hasta sus mismos cimientos, dejando finalmente a nadie un disimbolo testamento de objetos ociosos, entre los cuales, hay que reconocerlo, se encontrar, ahogadas entre juguetes, vehículos lujos, propiedades y deudas de ruleta, dos o tres obras de arte auténtico.



La Cultura Latinoamericana o el Descastamiento de la Cultura Por Alberto Espinosa




La Cultura Latinoamericana se distingue por tres notas dominantes que la caracterizan: ser una cultura cristiana, donde abunda la pobreza y cuyo sello es fuertemente estético. La fiesta en nuestra latitudes, en efecto, tiene casi siempre un carácter religioso. Es nuestra cultura una cultura efectivamente religiosa, donde resalta el color, el simbolismo, el ferviente deseo de fundirse con el todo o de desaparecer en él o de anonadarse. Cultura derivada, criolla la nuestra, cuyo punto central orbita casi siempre en la tarea de la redención del alma individual y del alma colectiva. Mediante una educación coherente podrían lograrse ambos cometidos, expresando un pensamiento liberador de atavismos y dañinas supersticiones mediante formas accesibles a nuestra sensibilidad: mediante formas bellas. Está por demás decir que hay quienes dentro de nuestra cultura rechazan, por una excesivo y destemplado modernismo, algunos de los rasgos que nos constituyen culturalmente, llegando así a ser descastados -quienes inconscientes trabajan para el "enemigo oculto" o se convierten en oficina burocrática de sus insidiosas asechanzas. Ateos irredentos, totalitarios trasnochados, falsarios y simuladores de toda laya, difícilmente comprenden la esencia de nuestras naciones resultándoles a fin de cuentas imposible participar en ella, por desprecio a la humildad, por huida a trompicones de la pobreza y la solidaridad a la que invita, por arrogancias y ambiciones sin cuento a posiciones de privilegio y de riqueza que acaban por desligarlos de la comunidad y trastornar su sentido extraviandolos en un falseado univerzalismo, todo lo cual se expresa en formas hueras, carente de maneras y de estética, sin la calidez que nos caracteriza como naciones, alcanzando el congelamiento de sus emociones y su voluntad el pero de los estancamientos: la parálisis lesiva de un hueco sentimiento de superioridad que irremdiablemente va ligado a falsos cultos, a las innobles riquezas y botines compartidos por los tejemanejes de la secresía y a la acumulación inconsciente de formas groseras, toscas, impertinentes o farisaicas de relacionarse con el prójimo, donde no existe el reconocimiento de grados y funciones incluso, en donde una autoridad universitaria puede tratar a u gremio no en términos académicos debidos de deferencia, en la relación propia de maestro-estudiante, sino en la provocadora indistinción despectiva del "joven, joven" -comprando a tan bajo precio la ilusión de ser señores con la potestad de inventar, de crear valores: como por ejemplo, el vacuo valor de haber llegado con ello a ser señores.... !!!



sábado, 9 de marzo de 2013

La Poesía y el Bosque Por Alberto Espinosa




La poesía es la creación más inmediata del espíritu -también es la más radical pues, cuando frisa la universalidad de su sentido, logra establecer un suelo fértil donde se arraiga el resto de la cultura (pues ningún suelo puede realmente serlo si no da árboles). Empero, el arte poético muere cuando pretende crear objetos herméticos o un mundo completamente fuera de la realidad. En el primer caso, en el arte abstracto, la tierra se enfría, llegando al más alto grado de estancamiento a coincidir con el hielo donde mueren los sentimientos petrificados en la indiferencia, donde a emoción perece queda por el cierzo. La poesía también puede disiparse cuando la sequedad del fuego combate la humedad de la tierra, cuando arde para consumirse en un fuego ajeno a la realidad, cuando desatiende el componente de armonización de los elementos esenciales o cuando desdeña la condición humana. La poesía fundadora, por el contrario, es aquella que, sin desdeñar los ácidos corrosivos de la crítica, se establece como una meditación pública sobre el hombre -sin probar nada, sino mostrando aquello que emerge de las profundidades, desplegando su significación en una multiplicidad simultánea e indisoluble de niveles que encierra una cantidad indefinible de posibles lecturas), brindando con ello una imagen válida de la realidad y del hombre, que funciona en varios lenguajes, en varios espacios interpretativos y en varias orientaciones. Porque la imagen, el símbolo, la poesía, guarda una alta hermandad con la filosofía, pues como ella, la imagen totaliza, aunque sin definir, preparando con ello la tierra fértil lo mismo a la construcción sistemática que a la florescencia en el campo siempre abierto de la cultura.